El largo recorrido de la teoría migratoria en la era del capitalismo[1]

Luis Bonilla-Molina[2]

Luz Palomino Mayorga[3]

Resumen

El capitalismo se reproduce mediante el plusvalor, en forma de explotación del trabajo asalariado. Para garantizar el funcionamiento del cuerpo social maquinal que hace posible su dominio, usa la migración como fuerza de trabajo susceptible de ser explotada en mayor medida, a raíz de su condición de ciudadanía suspendida o limitada. Por siglos la migración implicó el desplazamiento corporal de un territorio a otro, generándose modelos biopolíticos para el control de los cuerpos que se movían a otros lugares; con la llegada del neoliberalismo, los migrantes tuvieron que moverse entre los dispositivos de la biopolítica y las nuevas formas de opresión propias de la psicopolítica, que significaron pasar de ser un trabajador explotado y desregularizado en sus relaciones de producción de mercancías y servicios, a un migrante que autogestionaba su propia explotación. En este sentido, la teoría migratoria ha facilitado una interpretación no totalizadora ni economicista del impacto del capitalismo en sus distintos momentos.

Palabras claves:  migración – trabajo – biopolítica – psicopolítica – régimen predictivo  – teorías migratorias

Introducción

El capitalismo se desarrolla de manera desigual y combinada (NOVACK,1974) en el centro y la periferia (WALLERSTEIN, 2004) del capitalismo tardío (MANDEL, 2023). Por lo tanto, los estudios migratorios en general tienen que dar cuenta de estas particularidades, teniendo la dimensión trabajo un papel destacado, y éste se organiza conforme la apropiación de la innovación y sus ciclos de generación. Por ello, resulta de especial importancia la comprensión de las revoluciones industriales y los modelos de gestión empresarial -empirista, taylorista-fayolista, fordista, posfordista- y su impacto en la valoración de los modelos de trabajo. Resulta muy limitado estudiar las migraciones sin las modulaciones del capital en estos tiempos y dinámicas.  Esto queda claro cuando hacemos un recorrido por las principales teorías que han configurado los estudios migratorios en las últimas siete décadas.  

El largo camino de la teoría migratoria

Para la teoría marxista la migración es un mecanismo estructural de reproducción del capital, que suele estar asociada a las dinámicas de acumulación, explotación laboral y obtención de plusvalor, especialmente en lo atinente a la conformación del ejército industrial de reserva (MARX, 2025; ARRIGHI, 1998). Al ser la competitividad uno de los rasgos centrales de la reproducción ampliada del capital, las migraciones adquieren la forma de competencia en la oferta de empleo para propiciar la disminución de los costes en la producción.

La movilidad forzada de la fuerza de trabajo opera como un mecanismo que contribuye en la determinación de salarios, disciplinando a la clase trabajadora al contener lo que se paga por empleo, permitiendo salidas en favor de los empresarios al sustituir trabajadores rebeldes por otros necesitados de una paga para sobrevivir, especialmente cuando se presentan conflictos laborales en los centros de trabajo, mecanismo necesario para garantizar la estabilidad y continuidad en la producción de mercancías y el sostenimiento de los planes de expansión de mercados (MARX, 2025; AMIN, 1973).

La migración como práctica social funcional a la reproducción ampliada del capital, permite la reducción del costo de trabajo (MARX, 2025), la segmentación étnica y racial (AMIN, 1973; ARRIGHI, 1998), la externalización de los costos de reproducción social hacia los países de origen de los migrantes, como mecanismo de acumulación por desposesión (HARVEY, 2004). Esto posibilita la construcción simbólica del migrante como “excedente”, “ilegal” o “amenaza”, discursos que legitiman la sobreexplotación y el disciplinamiento social (SAYAD, 1998; HARVEY, 2004).

La Teoría del Sistema-Mundo amplía este marco al entender la migración como el resultado de la división internacional del trabajo entre centro, semiperiferia y periferia (WALLERSTEIN, 2004; ARRIGHI, 1998), lo cual implica comprender los flujos migratorios a partir de las rutas históricas del colonialismo y las cadenas productivas del imperialismo (AMIN, 1973; WALLERSTEIN, 2004). Esto se evidencia en la producción de desigualdades estructurales persistentes que genera el capitalismo, al empujar a la población desde zonas periféricas hacia el centro (ARRIGHI, 1998; AMIN, 1973).

A pesar de la ilusión de la población en movilidad, las dinámicas migratorias no suelen reducir las desigualdades, por el contrario, las reproducen y reorganizan dentro del propio sistema-mundo capitalista. En consecuencia, la migración genera la reproducción simbólica de jerarquías civilizatorias y culturales que naturalizan la condición de clase subalterna del migrante (QUIJANO, 2005), así como el racismo estructural como tecnología de gobierno del trabajo migrante a escala global (AMIN, 1973; QUIJANO, 2005).

En la Teoría de la Reproducción Social -en su transición del estructuralismo al posestructuralismo- la migración aparece como estrategia de reorganización de la reproducción de la fuerza de trabajo a escala global (BHATTAACHARYA, 2019; FRASER, 2015), operando como mecanismo de actualización y transferencia de tecnología, conocimiento e innovación para la producción de la vida simbólica y material. La innovación marca de manera especial los flujos y circuitos migratorios en el periodo de transición entre la tercera y cuarta revolución industrial.

En esos “flujos” y “circuitos”, las economías centrales “importan” el trabajo de formación ya producido (educación, competencias, habilidades) en los países periféricos y semi-periféricos, disminuyendo los costos de la reproducción social (FEDERICI, 2023; FRASER, 2015). Esto suele venir acompañado de un proceso de feminización de la migración dedicada al trabajo doméstico, cuidados y el trabajo precarizado (FEDERICI, 2023; BHATTACHARYA, 2019), porque la crisis de cuidados que ocurre en el norte global se resuelve con la migración femenina de los países del llamado sur global[4]. En este enfoque, la reproducción simbólica ocurre mediante la naturalización del trabajo reproductivo como “vocación cultural femenina” (FEDERICI, 2023) y la invisibilización del aporte económico del trabajo migrante no remunerado o mal remunerado (BATTACHARYA, 2019).

Los trabajos de Bourdieu sobre el desplazamiento de campesinos argelinos en el marco del colonialismo francés, permite entender el desarraigo de las migraciones mediante la ruptura del habitus tradicional. La reproducción de las desigualdades se expresa en la devaluación del capital cultural y la violencia simbólica que generan los desajustes del habitus, que hacen parecer el fracaso migratorio individual como falta de adaptación, no como un problema estructural.  Esto plantea el tema de la reproducción social no solo en las clases nacionales, sino también en contextos globales de movilidad forzada o aspiracional. También sus aportes sobre el habitus académico, resultan de especial valor en el estudio de la movilidad académica y la migración calificada, elementos constitutivos del actual modelo hegemónico de internacionalización universitaria.

Por su parte, la Teoría del Mercado de Trabajo Segmentado postula la idea que el capitalismo avanzado requiere de una fuerza laboral estructuralmente precarizada para cumplir labores que la población local no está dispuesta a ocupar (PIORE, 2009; CASTLES, MILLER, 2009). Esto plantea una división del mercado laboral en segmento primario que es estable y protegido, y el  segmento secundario  de carácter precario, informal, constituido en buena parte por población migrante (CASTLES; MILLER, 2009). En consecuencia, la migración no aparece determinada solo por demandas individuales, sino también por demandas estructurales del capital y de los sistemas productivos (CASTLES; MILLER. 2009). En ese sentido, ocurre una producción simbólica del migrante como “trabajador temporal”, “sin derechos”, es decir, un “no ciudadano” (SAYAD, 1998). Las figuras de profesor invitado, profesor extraordinario, profesor visitante, popularizadas en la educación trasnacional, se inscriben en el segmento secundario.

En la Teoría Poscolonial y Decolonial, la migración aparece como la continuidad de la colonialidad del poder en el capitalismo contemporáneo (QUIJANO, 2005; SAYAD, 1998), porque el modo de producción actual heredó y mantiene de los modos de producción precedentes las jerarquías sociales, las clasificaciones culturales, y los regímenes de ciudadanía excluyentes (QUIJANO, 2005). La figura del “migrante ilegal” surge como una producción política de dominación, no es un hecho natural (SAYAD;1998; MEZZADRA; NEILSON, 2013). La reproducción simbólica opera mediante mecanismos de control social y laboral, como la criminalización del migrante y la producción de subjetividades subalternas absolutamente funcionales al régimen de explotación laboral capitalista (QUIJANO, 2005).

La migración forzada por Medidas Coercitivas Unilaterales (MCU) y Sanciones Económicas a países (por ejemplo, como lo que ocurre con EEUU respecto a Venezuela y Cuba), opera como un mecanismo ideológico de propaganda para mostrar la inviabilidad de una determinada opción política y como nueva forma de recolonización ideológica. A la par, la expulsión de ciudadanos nacionales, que deben convertirse “por la fuerza” de las circunstancias en migrantes, opera como mecanismo de gobernabilidad negativa (Venezuela 2017-2025), al excluir de la ciudadanía a sectores importantes que se pueden constituir en rebeldía social y fuente de inestabilidad política para el poder constituido en su propio país. En ambos casos, se expresa con fuerza la colonialidad del poder.    

En la Teoría de la Movilidad Controlada  y el Régimen Migratorio la idea central es que el capitalismo no procura eliminar la migración, sino regularla selectivamente en función de las necesidades de acumulación (MEZZADRA; NEILSON, 2013). En este enfoque, las fronteras funcionan como dispositivos de selección laboral, y mecanismos de producción de ilegalidad (MEZZADRA; NEILSON, 2013). El migrante “ilegal” resulta más fácil de explotar y su condición de “ciudadanía suspendida” lo hace menor protegido jurídicamente (SAYAD, 1998). La reproducción simbólica ocurre mediante los discursos de seguridad, soberanía y crisis migratoria que expresan la legitimación del control diferencial de la movilidad poblacional (MEZZADRA; NEILSON, 2013), así como a través de la gobernanza neoliberal de la movilidad humana, que integra control de desplazamientos con explotación del trabajo.

Desde la perspectiva de Foucault la migración es un proceso gobernado y categorizado, que responde a las lógicas de control poblacional y desarrollo económico. El capitalismo lo presenta como un “problema” que es necesario gestionar mediante distinciones binarias que forman parte de la biopolítica y sus dispositivos, como migrante/refugiado, regular/irregular, lo que permite producir conocimiento sobre el manejo de la movilidad mediante la recolección de datos, monitoreo de rutas, así como análisis estadísticos y modelos matemáticos. La biopolítica como control de la gestión de la vida -censos, salud, programas sociales- permite ver la organización de los territorios no como topografías humanas, sino como espacios de frontera que permiten organizar el flujo de mano de obra y talento.  

La complementariedad de la Interseccionalidad

La Teoría Interseccional ha adquirido un especial énfasis en el presente para el estudio de las migraciones. Surge en buena medida como resultado de las limitaciones del enfoque economicista para la comprensión de las migraciones. Antes de popularizarse el término “interseccionalidad”, el feminismo negro -y su matriz marxista heterodoxa-  denunciaba que las mujeres racializadas sufrían los efectos directos de las opresiones combinadas y simultáneas propias de sus condiciones de clase, raza y género (DAVIS, 1981; HOOKS, 2000). Sus críticas a la figura universal del “migrante” o la “mujer migrante”, se fundamentan en el hecho que actúa como un dispositivo de ocultamiento de las opresiones múltiples que afectan a las mujeres migrantes negras y racializadas, quienes laboran en el trabajo doméstico y de cuidados, y sufren la violencia doméstica, institucional y social racista, estableciéndose una relación directa entre racismo, patriarcado y capitalismo global.  

Kimberlé Crenshaw (1989) acuña el término intersectionality para estudiar, comprender, analizar y develar las formas, mecanismos y prácticas mediante las cuales las mujeres negras quedaban excluidas de los beneficios del feminismo liberal y los preceptos del derecho antirracista. Género, raza y clase aparecen como campos convergentes, complementarios e indisolubles, que permiten visibilizar cómo las políticas migratorias, refugio y asilo invisibilizan violencias específicas -sexual, doméstica, laboral- produciendo sujetos jurídicamente fragmentados, mostrando que las opresiones que sufre el migrante racializado no pueden explicarse solo a partir de uno de los elementos de esta trilogía.

La teoría de la interseccionalidad se fue ampliando, entrelazando y develando múltiples ejes de poder que explican esos cruces de opresiones, tales como clase, raza, género, etnicidad, nacionalidad, estatus migratorio, identidades sexuales y religiosas (CRENSHAW, 1989).  Las formas que toman las opresiones y violencias vienen dadas por la combinación específica de desigualdades que atraviesan a los sujetos, mostrando como el poder actúa de manera multidimensional, multisituada, simultánea y relacional.

En las décadas de 1990-2000 se produce un interesante desarrollo teórico en los estudios de interseccionalidad estructural y política. Patricia Hill Collins (2000) aporta el concepto de matriz de dominación para explicar las formas en las que el poder opera en los niveles estructural, disciplinario, hegemónico e interpersonal.  El migrante es analizado en un posicionamiento específico dentro de esa matriz global de poder, en la cual el control migratorio opera como articulador de la violencia de género, la explotación y segregación laboral, y el racismo institucional. El endoracismo es asumido como alienación alcanzada por el poder en los cuerpos y mentes de los migrantes. Además, la conjunción de opresiones se expresa con mayor fuerza en los sectores que constituyen la base de la pirámide social.

Posteriormente encontramos los trabajos de Nira Yuval-Davis (2006) sobre pertenencia y ciudadanía. La ciudadanía no representa solo un estatus legal, sino que expresa la percepción que se tiene sobre la adscripción a un grupo y estatus social determinado. A partir de esto, Yuval-Davis vincula la interseccionalidad clásica con categorías como nación, fronteras y estatus ciudadano. En la perspectiva de Foucault, los controles migratorios operan como control interseccional de los cuerpos, que hacen que las mujeres sean reguladas según su capacidad de reproducción biológica, fuerza de trabajo y ethos de otredad.

Los trabajos de Saskia Sassen (1998) volvieron la mirada sobre la interseccionalidad en la migración como un tema asociado a las opresiones históricas y las propias de la era de la globalización en el marco de la reestructuración del capital, enfatizando en la dimensión trabajo y división internacional. Por su parte, Floya Anthias (2012) se concentraría en la producción de condiciones sociales estratificadas en el marco de la migración, al interactuar el estatus migratorio con las opresiones de clase, raza y género en los contextos específicos de los territorios de tránsito y llegada; aparecen de manera nítida las preocupaciones sobre movilidad social limitada, segregación urbana y exclusión de derechos.  

Los enfoques más recientes han dado una importancia singular a las fronteras, las condiciones de ilegalidad y control, la tendencia a la circulación permanente e impacto de las prácticas y culturales existentes en los corredores migratorios (ÁLVAREZ, 2022) en las formas como se expresan las opresiones de clase, raza, género, nacionalidad, estatus jurídico (DOMENECH; HERRERA; RIVERA,2022).

No obstante, un asunto problémico es el progresivo abandono de la perspectiva de clase en los estudios interseccionales que, si bien lo dota de mayor funcionalidad instrumental, le resta la fuerza movilizadora estructural. Y surge la duda si es posible hablar de interseccionalidad sin perspectiva de clase, entendida ésta en la dimensión fundacional de Angela Davis y Kimberlé Crenshaw. Es decir, la perspectiva situada en la opresión de una clase dominante -la burguesía- sobre la clase trabajadora y el conjunto de clases subalternas -campesinado, capas medias- que implica contradicción, síntesis y avance en la perspectiva de derechos. La “funcionalidad” de los estudios interseccionales sin perspectiva de clase, puede generar el riesgo de abordar las opresiones dentro de los límites permitidos por la clase dominante, es decir dentro de los cambios previsibles y posibles que permitan la reproducción social en el tiempo presente. De ser así, la interseccionalidad sin perspectiva de clase corre el riesgo de convertirse en tecnología del pensamiento para el establishment en la reproducción simbólica y material. Un retorno a los orígenes, con la incorporación de cuatro décadas de aportes y enriquecimientos, les devolvería a los estudios interseccionales la posibilidad epistemológica que presentó en sus orígenes, al escapar a la camisa de fuerza del economicismo y el determinismo, sin negar las razones estructurales de las opresiones que toman cuerpo en los migrantes.

La precisión de las Identidades en el marco de las migraciones

Para la Teoría de las Identidades y las Opresiones de los Cuerpos la migración no es solo un desplazamiento territorial o laboral, sino fundamentalmente procesos de gobierno, control y producción diferencial de cuerpos. En el capitalismo, conforme a su naturaleza de control, competencia y poder, los cuerpos migrantes son clasificados, jerarquizados y expuestos de manera diferencial a dinámicas de dominación determinadas por la violencia, precariedad y muerte. La binariedad interpretativa aparece como opresión conceptual, práctica e ideológica.

Resulta fundamental comprender la forma como esta perspectiva analiza los mecanismos del capitalismo -durante los periodos Taylorista, Fordista y la transición Posfordista previa al régimen predictivo digital- a través del Estado-Nación mediante los cuales gestiona la movilidad de los cuerpos, para poder analizar mucho mejor lo que entendemos por migración cognitiva y sedentarismo corporal.

Para trabajar identidades, Ennes & Marcon (2014) plantean cuatro parámetros que permiten entender los procesos identitarios: “a) los actores sociales articulados en grupos, b) las disputas de pertenencia o no a tales grupos, c) los elementos morales y normativos que regulan o los medios por los cuales estos autores entran en interacción por lo que disputan, d) los contextos históricos y sociales en los cuales son producidos y, así mismo, contribuyen para su producción” (p.277).

Por otra parte, Frantz Fanon en piel negra, mascaras blancas (2008) analiza como la colonización marca los cuerpos, los cataloga como inferiores y disciplina. En ese sentido, el migrante racializado revive la experiencia colonial, ahora como formas neocoloniales inmanentes al capitalismo como sistema mundial. El cuerpo negro, no blanco, pasa a ser sospechoso por “naturaleza”, objeto de la violencia policial y de los dispositivos migratorios, hipervisibilizado como no sujeto. La negritud se convierte en una extensión de la frontera transgredida. 

Michel Foucault inicia una etapa muy importante de los análisis de las corporalidades como lugares privilegiados del ejercicio del poder, al desarrollar los conceptos de biopolítica y biopoder (FOUCAULT;2007). El migrante es asumido como un cuerpo administrado, mediante dispositivos de vigilancia, clasificación y normalización. Los territorios son dotados de fronteras, que actúan como dispositivos biopolíticos, que tienen la facultad de decidir quien puede habitar y vivir en un lugar, quien pueda transitar por sus predios y visitar lugares -reconfigurando la idea de público y privado- hasta el punto de decidir respecto a quien puede o no morir en ese sitio. La migración se convierte en una cuestión de gestión poblacional, de control de los movimientos de los cuerpos. La anormalidad (FOUCAULT; 2001) aparece como una categoría de impacto en el cruce entre opresiones identitarias y corporales.

Giorgio Agamben (2004) amplía la noción biopolítica al desarrollar la idea de nuda vida[5], que alude a los cuerpos despojados  de derechos políticos. En esa perspectiva, el migrante irregular representa al homo sacer[6], y los campos de detención migratoria son dispositivos para la instauración de un estado de excepción permanente donde los elementales derechos humanos se suspenden o quedan a la voluntad del poder biopolítico. El migrante pasa a ser solo una vida biológica, despojada de toda garantía jurídica.

Detallando nuevas formas de expresión del biopoder, Achille Mbembe acuña el término necropolítica (2021), al denunciar que el poder político ha adquirido la capacidad manifiesta y “justificada” por el orden existente, de decidir quien debe morir. La muerte del migrante forma parte de esa lógica de reproducción del poder, una especie de darwinismo migratorio que se escenifica en rutas migratorias mortales en el Mediterráneo, selvas como el Darién, desiertos y zonas controladas por el crimen organizado. El migrante debe asumir estos corredores de la muerte como sus espacios de movilidad, en los cuales sus cuerpos pasan a ser considerados como desechables. La muerte del migrante es estructural a la forma necropolítica del biopoder, no un accidente. En esa línea de pensamiento, Sayak Valencia (2016) habla de Capitalismo Gore para colocar en evidencia el control económico, violencia y narcopoder que ejercen las bandas criminales dedicadas al narcotráfico sobre los cuerpos de las mujeres y migrantes.   

Las Teorías de Género, Sexualidad y Performatividad se incorporan a los estudios migratorios. Judith Butler asume las corporalidades como construcciones performativas, donde los cuerpos migrantes son vidas no lloradas, despojadas de la dignidad del duelo (BUTLER, 2019). Para Butler, el género y la sexualidad resultan ser determinantes a la hora del reconocimiento de la violencia y derechos como el asilo; comunidades como los migrantes transgéneros suelen ser despojados de duelos como la violencia sexual. Las personas migrantes LGTBQ+ viven violencias específicas que en muchos casos no están aceptadas en los protocolos de abordaje y cuyas denuncias deben superar la incredulidad institucional. Butler trabaja con fuerza la necesidad de romper con la heteronormatividad a la hora de comprender las opresiones que sufren los migrantes.

A esto se añade la comprensión respecto a cómo los cuerpos son afectados y orientados en el espacio social (AHMED, 2004).  El migrante pasa a ser una construcción social funcional a la biopolítica, cuyo cuerpo incomoda, porque es percibido como una amenaza para la normalidad nativa. El miedo y el rechazo por el foráneo estructuran la lógica jurídica y comunicacional de las políticas migratorias, usando las emociones como tecnologías de frontera.

En las Teorías de la Producción Política de la Ilegalidad y los Controles Corporales asociadas al biopoder y la biopolítica encontramos que la migración es un hecho social total que atraviesa cuerpos, trabajos y elaboración de subjetividades (SAYAD, 1999). En el estudio de las migraciones el cuerpo del migrante aparece en la triple dimensión de fuerza de trabajo, problema político y objeto de permanente sospecha. La ilegalidad se convierte en dispositivo performativo de las emociones y conductas de los cuerpos migrantes.

Por su parte, Nicholas de Génova (2002) evidencia cómo la amenaza incesante de deportación actúa como mecanismo de disciplinamiento de los cuerpos, especialmente de su libertad de verbalización y movilidad.  Ser migrante es vivir en un estado permanente de ansiedad, control de si mismo y disposición a la explotabilidad. El control no es solo jurídico-policial, sino fundamentalmente corporal y emocional mediante la excepcionalidad jurídica.

Desde los aportes sobre cuerpos disidentes y control biopolítico se aborda el capitalismo como un régimen farmacopornográfico que regula cuerpos y deseos (PRECIADO, 2008), trabajando de manera especial  sus efectos en los cuerpos trans y disidentes migrantes, sometidos a violencia institucional, exclusión sanitaria e hipervigilancia. La frontera es en consecuencia, un dispositivo heteronormativo que regula la identidad sexual en los procesos de movilidad humana. La lucha de los migrantes es una lucha por la dignidad de los cuerpos y el derecho decidir cómo, donde y cuando existir.

Los estudios de identidad tienen múltiples vetas de encuentro con los marcos conceptuales de biopolítica y biopoder.

Psicopolítica, Infocracia y Migraciones

Es muy importante señalar que el concepto de dominación biopolítica, mediante la forma de biopoder denominada control poblacional, expresado en la migración, fue propio del largo periodo liberal -empírico, taylorista-fayolista, fordista- del capitalismo que precedió al neoliberalismo y el posfordismo. Sin embargo, como hemos señalado esto no ocurre de manera simultánea e igual en todos los territorios, porque el desarrollo desigual del capitalismo hace que sobrevivan en un mismo momento histórico, distintas formas de opresión, algunas con carácter residual pero que tenían centralidad en otros momentos del capital. Byung Chul-Han (2014;2020) señala que, a partir de la égida neoliberal, la biopolítica y el biopoder resultan insuficientes para explicar la dominación capitalista, y dentro de ella las migraciones, aportando las nociones de psicopolítica e infocracia.

Chul-Han no desarrolla una teoría explícita sobre migraciones, sin embargo, su trabajo ofrece un marco analítico que permite comprender su sentido actual como tecnología de control y poder, a través de la gestión de las emociones, la atención y la autoexplotación, ya no solo mediante la represión directa. Las migraciones aparecen como parte de la Psicopolítica, es decir los procesos regulados por la tecnología de poder que actúa sobre la mente, la subjetividad y los deseos, tanto de las poblaciones migrantes como de las sociedades a donde llegan (HAN,2016;2022).  Se trata de un poder que no prohíbe explícitamente ni intenta que todos hagan lo mismo, sino que estimula, seduce y optimiza comportamientos para lograr que los individuos se gobiernen a sí mismos, conforme a las necesidades mutantes del capitalismo para cada momento del desarrollo tecnológico y de la innovación. El migrante no debe esperar apoyo institucional, siquiera luchar por ello, como era lógico en el periodo liberal, sino que debe administrar su sobrevivencia.

Se trata de la transición del sujeto obediente al sujeto rendimiento, del debes al puedes, que hace que el sujeto se convierta en el empresario de sí mismo, normalizando la competencia, clasificación, exclusión y plusvalía desde la cotidianidad del propio individuo. La explotación no se externaliza, sino que se convierte en auto explotación. Esto solo es posible en los modelos de trabajo y sociedad posfordistas.

El individuo se percibe como libre, porque “nunca” tuvo tanta autonomía para decidir que hacer y su intensidad, lo que precisamente internaliza la necesidad de rendimiento. La libertad se convierte en tecnología de dominación. Se elimina el conflicto -reino de la empatía y la inteligencia emocional- borrando los límites -tú puedes hacer todo- y las resistencias -la contradicción aparece como inadaptación- naturalizando al capitalismo. La vida debe ser productiva, optimizable y comunicable para construir de manera compartida una larga marcha[7] a un no lugar que adquiere la denominación de felicidad. La crítica como oposición se diluye mediante motivación, auto ayuda y de ser necesario apoyo de coaching, sintetizada en la noción de inteligencia emocional. El poder se manifiesta en los afectos, deseos y motivaciones, logrando psicologizar la política.

Las migraciones se convierten en blanco de la violencia de la positividad, con discurso dominante centrado en las categorías de migrante exitoso e historias de superación, donde el no adaptado es quien pretende que el Estado le proteja, en vez de autogestionar de manera eficiente su migración, invisibilizando la explotación, el racismo, patriarcado, xenofobia, transfobia. El “migrante fracasado” es culpable de no haber encontrado las claves para integrarse y ser exitoso. Al autogestionar su éxito el propio migrante debe garantizar  ser totalmente visible en cualquier momento y lugar, absolutamente rastreable, saber que va a ser evaluado y trabajar para obtener los mejores resultados en esa medición, en medio de cada vez menos oportunidades (competencia, clasificación).

La opacidad del migrante se asume como conducta criminal; los trámites de visas y regularización de condición migratoria toman en cuenta la actividad en redes sociales y registros en internet. Las fronteras están determinadas por los datos biométricos, perfiles digitales y antecedentes

Con la llegada de lo digital se inicia la transición de la psicopolítica al régimen predictivo, en el marco de la sociedad del cansancio, al sentirse el ser humano abrumado por la expectativa de éxito, que percibe como propia. El trabajo es la diversión, no existe otra razón de vivir que no sea gestionar su propio éxito.

Por su parte la Infocracia es la instauración del sistema de gestión donde no gobiernan las leyes, ni los argumentos, sino las emociones, la viralidad y la comunicación perpetua. En la infocracia se produce saturación informativa y pérdida de sentido, donde no hay censura por falta de acceso a la información sino por su exceso, diluyéndola en datos en continua fragmentación que imposibilitan acceder a todo alguno. El discurso racional desaparece ante el imperio de los likes, trending topics y shares considerados como referentes del éxito, y éste asumido como verdad. La política se reduce a afectos, marcando el surgimiento de un “ciudadano reactivo” ante la información que estimula la indignación, el susto y fomenta excitación permanente. Los sujetos desprecian los colectivos estables, prefiriendo los enjambres sin memoria, organización ni proyecto, más próximo a la idea de multitud que de pueblo (VIRNO;2013). Solo tiene valor lo que vemos, somos lo que aparece en las redes sociales.  El poder del deber del Estado se diluye, haciéndose opaco, no responsable ni deliberativo. Mientras la psicopolítica actúa sobre la mente, la infocracia lo hace sobre la información, en una dualidad de dominación propia del periodo neoliberal y la transición a la cuarta revolución industrial.

Con el desarrollo tecnológico, la democracia está siendo reemplazada por el dominio de información de la población y los migrantes. La migración es manejada como “crisis permanente” no como proceso estructural, presentada como dinámicas emocionales, no políticas, mediante la circulación de imágenes (caravanas, naufragios, columnas) que producen inquietud, miedo, compasión circunstancial y sobre todo fatiga moral (sociedad del cansancio).  

Pero resulta difícil entender la infocracia y la psicopolítica sin trabajar previamente las políticas posfordistas, el trabajo inmaterial, la movilidad del trabajo vivo, así como los conceptos disruptivos de cognitariado y precariado, trabajo que adelanta la llamada escuela operaria y sus debates asociados.

Ideas finales

El capitalismo en el largo periodo liberal concibió a la migración como cuerpos en movimiento que debían ser disciplinados para ser usados en la producción para elevarse el excedente, la plusvalía, la ganancia. La reproducción simbólica y material, la opresión de los cuerpos, la biopolítica y el biopoder, el mercado de trabajo segmentado, la movilidad controlada, los dispositivos normativos de identidades, la farmopornografía y la necropolítica, entre otras mostraron la multiplicidad de rostros de la opresión para los migrantes. Pero cada una de ellas no negaba ni superaba a la otra, por el contrario, eran como ”capas de una cebolla” que nos permitían comprender la complejidad de los estudios migratorios.

En el periodo neoliberal, la psicopolítica, infocracia y los estudios sobre el emprendimiento en el marco del capitalismo permiten entender las dinámicas migratorias, en contexto de liberalización de controles evidentes, con el propósito de entender las formas de dominación más profundas, con lugar de enunciación en los propios individuos.

La disminución de los ciclos de innovación científico-tecnológica ha hecho que en solo cinco décadas el neoliberalismo le ceda protagonismo al iliberalismo, y el régimen predictivo aparece como una forma de organización social, con profundo impacto en el tema del trabajo vivo, las migraciones y la acumulación de ganancias. El régimen predictivo se basa en el control a partir de la apropiación del pasado y el presente contenidos en formato de datos, que son usados para traer el futuro a la actualidad, haciendo de la dominación un perpetuo ahora.

Pero, debido al desarrollo desigual y combinado del capitalismo tardío, esto ocurre de manera diferencial entre países, e incluso al interior de cada uno de ellos. Es decir, las formas liberales y neoliberales de la migración no desaparecen de “in su facto” por la llegada del iliberalismo, sino que sobreviven de manera diferencial en los territorios, aumentando la complejidad de los estudios migratorios. Un migrante latinoamericano, que se desplaza, por ejemplo, de Venezuela a México, Panamá o Perú, puede vivir en “carne propia” los controles migratorios del periodo liberal, las exigencias de autogestión de la vida del neoliberalismo y las demandas de disociación de cuerpo y mente del iliberalismo posfordista, viviendo en su desplazamiento, de manera simultánea, las formas de opresión de los periodos liberal, neoliberal e iliberal de manera simultánea.

Nuestra perspectiva es que solo un corte transversal -y no solo longitudinal- de la “cebolla migratoria” nos permite explicar la complejidad de los fenómenos migratorios en el presente. Esto, en el marco de un capitalismo que es profundamente impactado por cada revolución industrial y que asume -ya sea de manera propia o como respuesta a las luchas de los trabajadores- formas de gestión empresarial que terminan convirtiéndose en modelos de gestión de la vida; el taylorismo, fordismo y los esquemas posfordistas actúan en este sentido.  Ese es el énfasis de nuestro de trabajo investigativo en el campo de las migraciones. –

Lista de referencias

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[1] Artículo inédito, escrito para el libro colectivo sobre migraciones, coordinado por el profesor Marcelo Alario Ennes, en el marco del programa de Solidaridad Académica financiado por CAPES Brasil, texto que será publicado en las próximas semanas.

[2] Docente venezolano. Profesor visitante em la Universidad Federal de Sergipe (UFS) entre 2023 -2026, actualmente profesor visitante en la Universidad Federal ABC (2026 –   ), ambas instituciones de educación superior de Brasil

[3] Profesora de la Universidad Nacional Experimental de Caracas (UNEXCA, Venezuela). Directora del Centro Internacional de Investigación Otras Voces en Educación.

[4] La categoría sur global está siendo cuestionada porque su origen es de un momento histórico distinto al actual, en el cual países como China e India han reconfigurado sus economías y parecieran tener más identidad con los intereses del llamado norte global.   

[5] Vida desnuda, opuesta a la vida política calificada, el derecho a la ciudadanía plena.

[6] En el derecho romano antiguo, el “hombre maldito” encarnaba a las personas declaradas fuera de la protección de la ley, a causa de haber cometido un delito grave, pudiendo ser muerto por cualquiera sin consecuencias legales por ello, o podía ser sacrificado como parte de un ritual religioso.

[7] Alusión a la novel de Sthepen King que circuló a finales de los setenta e inicios de los ochenta y que acaba de ser llevada al cine