Luis Bonilla-Molina

Aproximarnos a Freire, a cien años de su nacimiento, implica un ejercicio de reivindicación del pensamiento crítico en educación. En un periodo de la historia de la educación en la que se pretendía ver a los sistemas escolares y la educación pública solo como aparatos de reproducción cultural, Freire encarnó el lenguaje y la praxis de las resistencias anticapitalistas que se construyen desde los procesos de enseñanza y aprendizaje.

Con Freire la pedagogía se nos mostró como una práctica para la libertad, como un develamiento de las opresiones que se muestran en el aula, como un ejercicio de creación de conciencia del oprimido.

Freire volvió a colocar en relieve, la tarea histórica de las escuelas y colectivos de educaciones populares expresada en la agenda de democratización del conocimiento, el mismo que las élites del sistema mundo capitalista pretenden hacer de exclusivo dominio de la clase dominante. Nos mostró que para lograr esta tarea es necesario alfabetizar a los pobres, a los y las excluidos, a las clases oprimidas, al campesinado, la clase trabajadora, los proletarios del campo y la ciudad. Hoy, en la tercera década del siglo XXI, en la transición a la cuarta revolución industrial, esta tarea está vinculada a la alfabetización en el manejo de los algoritmos, en la apropiación popular del lenguaje de programación.  

Freire recuperó la tradición libertaria del acto pedagógico ante la abrumadora propaganda del sistema que hacia ver la educación y los sistemas escolares como réplicas de las epistemologías de las máquinas de las dos primeras revoluciones industriales. Recuperó para las aulas y las educaciones populares la potencialidad de las narrativas emancipadoras y la praxis por la libertad, juntando fe y ciencia, un ejercicio esencial par conectar con los proyectos de resistencia de las mayorías oprimidas.

Freire fue un hombre de su tiempo histórico, que vivió los paradigmas del momento y las tensiones del pensamiento alternativo. Por ello, su trabajo debe ser analizado y pensado desde esa realidad. No puede pretenderse replicar mecánicamente en el presente su pensamiento, sus ideas, como si fuera un dogma libertario, algo que siempre advirtió.

La increíble capacidad de revisión de su propio trabajo le hizo comprender y reconocer públicamente a Freire, vacíos existentes en sus escritos, asociados a temáticas como el feminismo. En ese sentido nos enseñó que con su ejemplo que los y las pedagogas críticas somos seres humanos en permanente construcción, que aprendemos haciendo y que nuestras rupturas epistémicas están asociadas a la vinculación con los movimientos sociales y las dinámicas de cambio incesante.

Freire bebió de los paradigmas de su época, tal vez por ello esa obsesión por llamar pedagogía a prácticas transversales del hecho educativo, a procesos de ruptura con dinámicas opresoras, que siendo de importancia fundamental para las prácticas emancipadoras no tenían per se el estatus epistemológico de pedagogías. Mencionar este aspecto es fundamental en la tarea de quiebre con todas las formas de despedagogización que se han pretendido imponer en los últimos años. Ciertamente el trabajo de Freire, de conjunto, es una recuperación del acto pedagógico, pero no es menos cierto los problemas que genera esta generalización de procesos como la pedagogía en sí.

Nos parece importante, como el habría querido, que la celebración de los 100 años de su nacimiento no sea una oportunidad para la lectura mecánica de sus textos, sino para pensar que haría Freire en un momento tan convulso para la educación y de la más brutal ofensiva del capital contra la educación pública. En ese sentido, leyendo su obra me atrevo a pensar que Freire

  • Estaría denunciando el modelo privatizador de la educación que se impuso durante la pandemia del COVID-19, expresada en el abandono de los Estados Nacionales de América Latina de sus obligaciones de garantizar las condiciones mínimas para llevar adelante los procesos de enseñanza-aprendizaje. Durante la pandemia fueron las familias, docentes y estudiantes quienes tuvieron que pagar los planes de acceso a internet, comprar computadores, costear el acceso a algunas plataformas virtuales para poder sostener el vínculo pedagógico en el pase abrupto a la virtualidad;
  •  Seguramente estaría organizando la alfabetización popular en el mundo de lo digital y virtual. No como alfabetización para el consumo de enlatados sino como la capacidad para crear en estas dinámicas contenidos, narrativas, plataformas e imaginarios que apuntalaran a la ruptura con la educación bancaria virtual:
  • Alertaría sobre los riesgos del estallido de la burbuja educativa mundial, como resultado de la obsolescencia de ´procesos educativos ante la desinversión estatal y la oferta de alternativas de mercado desde los bordes:
  • Repensaría la formación docente en términos de relación dialéctica entre la tradición y la innovación. La formación docente tiene que recuperar la capacidad de prever el futuro inmediato de la educación de nuestros pueblos, no puede seguir siendo un faro con las luces apagadas;
  • Entendería que la dignificación de la profesión docente, en términos profesionales y salariales, es una condición necesaria para poder relanzar la escuela y universidad presencial en un tiempo histórico en el cual los modelos de educación en casa comienzan a presentarse como opción y alternativa con sello de clase dominante.

Este es el Freire que me acompaña éticamente en mi cotidianidad. Un Freire que se repiensa a cada momento, que entiende que la educación para las clases populares tiene que corresponderse a los retos, desafíos y el conocimiento de cada tiempo histórico.  Viva Freire crítico, Viva Freire que nos proporciona las claves para resistir al sistema mundo en tiempos de capitalismo cognitivo