Luis Bonilla-Molina
En las montañas andinas venezolanas se aprende que la valentía es parca, y que quien mucho alardea, poca cosa termina haciendo. La sabiduría del campo proviene de la conciencia que genera el trabajo, en su dialéctica con la historia y la tradición, la dignidad y la preservación de lo único que se tiene: el territorio común.
Este es un texto que duele escribirlo, tanto como la certeza que cualquier posibilidad renovadora de lo que se llamó revolución bolivariana, ha sido cancelada. De hecho, la tradición militar independentista ha sufrido un revés sin precedentes, de la cual va a resultar difícil recuperarse. Si bien hemos entrado a un momento abiertamente contrarrevolucionario y cipayo, por la orientación que le imprime la jerarquía en el poder, que nadie se equivoque, el antiimperialismo puede ser arrinconado, pero siempre buscará los caminos y senderos por donde florecer con inusitado vigor.
Calladito se ve mejor
El 5 de febrero de 2026 se conocieron las declaraciones del general Vladimir Padrino López, ministro de la defensa de Venezuela, respecto a la agresión imperialista de inicios de enero. Afirma Padrino “Yo vi de primera mano a los pilotos listos, trajeados, para salir al combate. Por supuesto, con la supremacía aérea que había, más de 150 aeronaves en nuestro espacio aéreo, era inviable sacar un avión. Era mandar a la muerte y el suicidio a unos pilotos”. Como si los civiles fuéramos eunucos políticos, el general de cuatro estrellas en el uniforme, pretende justificar el fallo catastrófico e inexplicable, ocurrido la madrugada del 3 de enero.
Durante años Maduro y su eterno ministro de la Defensa alardearon de la adquisición de capacidad técnica militar de última generación, capaz de generar alerta temprana, intervención preventiva, repeler ataques e imponerse, ante cualquier agresión extranjera. Radares, baterías antiaéreas, armas electrónicas y otras tecnologías chinas y rusas eran mostradas, junto a milicianos con indumentaria castrense, como prueba de la capacidad operativa de las fuerzas armadas locales. Sin embargo, la madrugada del 3 de enero de 2026 no solo ocurrió un apagón defensivo, sino que la captura y secuestro del presidente de la República se estaba dando en ese preciso instante en el Fuerte Tiuna, el acantonamiento militar más importante del país, sin la reacción de los cientos de militares que descansaban a solo metros en sus barracas, ni la activación de las baterías antiaéreas. Solo el anillo de seguridad presidencial combatió hasta la muerte, mientras las otras bajas ocurrieron por el ataque norteamericano a los sistemas de defensa por parte de los cazas F-35 y F-22, bombarderos B-1 y una docena de helicópteros del 160th Soar, volando a solo 100 pies de altura.
Independientemente de la supremacía tecnológica norteamericana (a la que alude Padrino), es evidente que ocurrió un fallo estratégico, inacción táctica, carencia de sistema de alerta temprana y un absoluto colapso operacional por parte de las fuerzas militares venezolanas. Todos los objetivos parecían marcados, no disgregados y soterrados como ordenaban las normas elementales de resistencia. El desastroso resultado del lado venezolano no se puede explicar solo por el uso norteamericano de los activos de guerra electrónica, del orden de los EA-18G Growlers y el CyberCom que crearon un corredor aéreo seguro, sino que colocan de relieve la posibilidad de infiltración y complicidad operativa. La traición al más alto nivel siempre ha estado presente en la literatura de Maquiavelo y Sun Tzu, pero necesita de un Fouché para concretarse.
Estos hechos evidencian que el Madurismo no solo fue un improvisado en la economía y la gestión pública, que tomaba decisiones sin la información previa necesaria, sino que esta ignorancia supina afectó todos los campos de gobierno. Como lo ha reconocido la actual presidenta encargada, el desgobierno en su incapacidad técnica operativa, de manera absolutamente irresponsable condujo a la nación a una confrontación con la potencia militar más importante del planeta, no para enfrentarla, sino confiando que los Estados Unidos nunca cruzaría la raya roja; cuando ocurrió la agresión, la combinación de incapacidad y cobardía afloró.
Lo que Padrino López no explica es porque esos aviones no despegaron cuando las alertas (digitales, analógicas y humanas) que habían sido dispuestas previamente, comenzaron a detectar la cercanía de la flota gringa.
Y, si los radares fueron inutilizados, ¿cómo sabía Padrino López que el ataque era efectuado por 150 aeronaves, para a partir de esa información tomar la infeliz medida de no actuar? Pero además, como determina la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, si él era un subalterno de su comandante en jefe, el presidente de la República, ¿con que autonomía de mando decidió no actuar en defensa de su comandante?
De ser válido el planteamiento de Padrino López, las fuerzas patriotas en la independencia no se hubieran enfrentado nunca a tropas profesionales, numéricamente superiores en número y capacidad logística a las de la República. El profesor universitario Roberto López, acaba de publicar una cronología de la historia de las fuerzas militares patriotas[1] que debería leer Padrino López, porque pareciera haber olvidado la épica de nuestros libertadores.
¿Cómo podría algún civil, que concurra a la lucha política con un enemigo de clase, confiar que su espalda está debidamente resguardada por un militar? Padrino López y el alto mando militar venezolano dinamitaron la potencialidad de la alianza cívico-militar como eje de un proceso revolucionario. Reconstruirla requerirá de actos de valor y compromiso que permitan recuperar la confianza.
La confesión pública de Padrino López puede configurar un delito de traición, o por lo menos un acto de cobardía inaceptable, que merecería como mínimo su destitución inmediata y pase a retiro sin honores. Triste papel ante la historia.
Antecedentes de la alianza cívico-militar
La gesta de la independencia nacional del Reino de España fue expresión de una permanente alianza cívico-militar, que incluyó a los blancos criollos, campesinos y comerciantes, esclavos y cimarrones. La alianza cívico-militar fue sellada con la proclama de guerra a muerte de Bolívar (1813) “Españoles y canarios, contad con la muerte, aun siendo indiferentes, si no obráis activamente en obsequio de la libertad a Venezuela. Americanos, contad con la vida, aun cuando seáis culpables”.
Esta unidad cívico-militar tomó diversas formas y connotaciones en distintos momentos históricos de la República, aunque en su mayoría no fuera ideológica sino pragmática, mostrando la necesidad de una articulación entre las armas y las ideas, el mundo castrense y lo civil. La llamada revolución de las reformas (1835-1836), los gobiernos de los hermanos Monagas (1847-1858), la revolución de Marzo (1858), la Revolución Federal de Ezequiel Zamora (1859-1860), la Revolución legalista (1892) y la propia Revolución restauradora (1899) fueron algunos de estos hitos.
En la década de los 50 del siglo XX, como lo menciona el General Visconti (líder del levantamiento militar del 27 de noviembre de 1992), el Partido Comunista de Venezuela (PCV) decide iniciar trabajo clandestino con los militares, lo cual implica una innovación en la táctica de los PC en la región. Este vínculo se expresaría posteriormente en los levantamientos militares conocidos como el Carupanazo[2] (4 de mayo de 1962) y el Porteñazo[3] (2 de junio del mismo año) que, con matices entre ellos, expresaban formas de alianza cívico-militar. Algunos militares se incorporarían luego a la guerrilla de los sesenta, especialmente a las auto denominadas Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN).
Derrotadas las insurrecciones castrenses y la guerrilla comunista (PCV y MIR) de los sesenta del siglo XX, el Partido de la Revolución Venezolana (PRV-FALN) -dirigido por el legendario guerrillero Douglas Bravo- heredó la táctica de trabajo con los militares. Algunos analistas señalan que la relación de Chávez con la izquierda proviene de este periodo, y que los sectores insurreccionales organizados en ARMA de William Izarra y el MBR-200 de Hugo Chávez, fueron el coletazo del trabajo realizado por el PCV y luego por el PRV al interior de las Fuerzas Armadas.
La alianza cívico-militar bajo la conducción de Chávez
Chávez organiza y lidera en la década de los ochenta del siglo XX, el Movimiento Bolivariano Revolucionario 200 (MBR-200), que aludía al bicentenario del natalicio de Simón Bolivar (1783). Los 200 años se cumplen justo cuando eclosiona la crisis del modelo rentista de atesoramiento burgués y de representación política, pero también en el tiempo en el cuál el PRV se auto disuelve, produciéndose un quiebre en la relación cívico-militar de las últimas tres décadas.
El MBR-200 iría adquiriendo a través del tiempo una matriz ideológica ecléctica, que combina nacionalismo con ideas anti partidarias del neoliberalismo en pleno auge, demandas de agenda social ante el cisma del viernes negro de 1983 con planteamientos de capitalismo humano y tercera vía (Giddens). El Caracazo de 1989 hace evidente para los militares que el modelo rentista estaba en crisis y había una oportunidad política, debido al amplio rechazo ciudadano que esta situación estaba generando. Entre 1989-1991 se comienza a gestar la insurgencia castrense, con un enfoque de alianza militar-civil, en la cual los segundos se subordinaban al primero. Esta alianza militar-civil tendría un menguado protagonismo en los sucesos del 4 de febrero y 27 de noviembre de 1992. Sería la situación de cárcel de los militares, quienes habían fracasado en los intentos de golpe de Estado, lo que relanzaría la alianza cívico-militar, haciendo que nuevamente la fuerza de las ideas y la tradición de la corriente histórico-rebelde hegemonizaran el discurso, mientras los militares aportaban la fuerza de la épica y el liderazgo emergido del “por ahora los objetivos propuestos no fueron alcanzados” (Chávez, el 4F).
Sin embargo, la síntesis de esta integración no fue anticapitalista, siquiera socialista, sino reformista, de capitalismo humano, de tercera vía. La Agenda Alternativa Bolivariana (AAB) de 1997 sería el programa de transición de esta alianza cívico-militar, convertido en agenda electoral en 1998. Esta AAB, rupturista con el estatus quo que había gobernado al país desde 1958, no trascendía los límites del capitalismo, pero tenía como progresivo el perfil nacionalista y de reivindicación de la agenda social como prioridad, algo que contravenía el consenso neoliberal.
El triunfo electoral de Chávez (1998), el proceso Constituyente (1999) y la fuerza transformadora de las leyes habilitantes, colocaron en primer plano la unidad entre civiles y militares. El programa insignia con el cual inicia Chávez su gobierno fue el Plan Bolívar 2000, al frente del cuál colocó a militares activos de carrera. Se inicia algo novedoso en la política venezolana, la presencia de militares en cargos históricamente ocupados por civiles, algo que inicialmente se mostraba progresivo, pero que terminó convirtiéndose en hegemónico en los puestos claves de toma de decisión.
Pero el golpe de Estado de 2002, en el cual participó casi toda la alta oficialidad castrense (recordemos que Chávez era solo un teniente coronel y sus superiores no participaron en los eventos de 1992, pero en ese momento desconocen públicamente su liderazgo), replanteó todo el panorama. Como hemos señalado en este golpe de Estado se involucra la patronal empresarial Fedecamaras, la burocrática central sindical de trabajadores, el espectro de instrumentos políticos de la derecha y centroizquierda, así como otras instancias de mediación social. El golpe de Estado fracasa por la amplia movilización popular, que obligó a retornar a Chávez al poder, pero abre una nueva etapa en la cuál el proceso Bolivariano comienza a navegar en dos aguas, por un lado, el proyecto nacional-popular que luego se asumiría como socialismo del siglo XXI, y por el otro, la conformación del proyecto económico de la revolución bolivariana: la constitución de una nueva burguesía. En esta dualidad, comienza la hegemonía de la cultura militar en la forma de mediación de la relación entre gobierno y movimiento social, pero también en el control de los cargos claves para el financiamiento de las iniciativas de poder popular, así como de las dinámicas de atesoramiento de la burguesía.
Los militares: del compromiso social a la cultura neoliberal del emprendimiento
A partir de 2002 se genera un proceso corporativo en la política, en el cuál cada vez más militares ocupan cargos relevantes en la administración pública nacional. Y decimos corporativo, porque esta dinámica no fue similar en el mundo castrense, es decir, los civiles no ocuparon cargos relevantes en la vida militar (con excepciones como la de José Vicente Rangel, ministro de la defensa entre febrero de 2001 y abril de 2002). Esto ocurre con el agravante que los militares ocupan las carteras donde se decide la asignación de dólares (clave en el modelo de atesoramiento rentista burgués), las licencias de importación, la Tesorería Pública, los impuestos de importación, comercio y actividad financiera, los controles bancarios, las superintendencias de seguros, entre otros.
Además, los civiles que impulsan el proyecto nacional-popular dependen de trámites de recursos y presupuestos que están en manos de militares. Paralelo al proceso de atesoramiento de la nueva burguesía, se produce una dinámica de crecimiento de iniciativas comerciales, empresariales y financieras privadas por parte de sectores vinculados al ámbito militar e incluso en algunos casos de manera directa. Se pasa de las prácticas corporativas en la política, a la estructuración del campo militar como parte de la cadena que garantiza el atesoramiento y enriquecimiento de la nueva burguesía. La vida militar se desarrolla de manera más activa fuera de los cuarteles, pero cada vez más con relación al proyecto económico de la nueva burguesía, y menos con el proyecto nacional-popular. La crisis bancaria del 2009 mostraría sin ambigüedades este proceso. No obstante, Chávez se asumía como una especie de bonapartismo sui generis que garantizaba precarios equilibrios entre los dos proyectos paralelos, cada vez más en detrimento de lo popular.
El madurismo y su alianza cívico-militar-policial
Maduro llega al poder sin épica civil (un dirigente sindical que nunca dirigió una huelga emblemática), sin formación técnico-profesional (un pragmático, que aprendía haciendo) y sin reconocimiento en las Fuerzas Armadas Nacionales, porque no había sido integrante de la logia del MBR-200, ni se había ganado el respeto en una actividad de la corporación militar. Por eso, designa durante todo su periodo a un solo ministro de la defensa, Vladimir Padrino López, con quien establece una relación de cohabitación-mando, que suple sus vacíos ante el cuerpo castrense.
Al abandonar Maduro el proyecto nacional-popular, concentrase en consolidar los mecanismos de atesoramiento de la nueva burguesía (2013-2017), procurar y alcanzar un acuerdo con la vieja burguesía (2018-2026) y recomponer la relación con los Estados Unidos (2022 – ), esto implicaba poner en marcha un ajuste económico, una ofensiva sobre los instrumentos políticos, primero de la vieja burguesía (2013-2018), y luego sobre la izquierda política (2018-2026) que había acompañado a la revolución bolivariana desde sus inicios. Esto requería de afinar un aparato policial-militar de contención, represión y cercenamiento de las libertades liberales propias de la democracia. Así surge lo que se ha conocido como la alianza cívico-militar-policial, cuyo emblema es el Helicoide (lugar de encarcelamiento, con denuncias de tortura) y la figura que lo representa es el Ministerio de Interior, Justicia y Paz, actualmente dirigido por Diosdado Cabello, una figura de los levantamientos militares de 1992.
En síntesis, los militares se van transformando en dos décadas, pasando de bastiones de un proyecto de emancipación, al liderazgo de una recomposición burguesa de la cual forman parte estructural. En esas condiciones materiales, éticas y políticas, es que se llega al cerco militar norteamericano sobre el caribe sur, desde agosto de 2025, y el artero ataque a la soberanía nacional ocurrido en enero de 2026.
Del discurso antiimperialista a ser anfitriones del director de la CIA
Marx decía las condiciones materiales de vida determinan la conciencia social. Las infelices declaraciones de Padrino López con las cuales iniciamos este artículo serían inexplicables sin la comprensión de la adscripción de clase que ha tomado el mando militar bolivariano, que, si bien mantiene el discurso nacional-popular, su práctica es esencial para el atesoramiento rentista burgués.
A pesar de que Donald Trump afirmó que el ataque a la soberanía venezolana había sido planificado durante meses por la CIA, quienes además habían coordinado las operaciones en tierra, a solo trece días de esta afrenta contra la soberanía patria, el director de la Central de Inteligencia Americana, John Ratcliffe visitó el país, no solo sin ninguna protesta castrense (vergonzoso) sino que altos oficiales estuvieron en las conversaciones que este funcionario coordinó. Quizá por eso, Vladimir Padrino está cada vez menos presente en los medios de comunicación, y la Junta de administración del protectorado lo excluye de las ruedas de prensa. La burguesía unificada pareciera mandar el mensaje, que el nuevo orden colonial burgués en Venezuela, que pretende imponer la pax de los vencedores, sustenta su poder en las armas norteamericanas, no en las criollas.
[1] La cobardía no había figurado en la historia de Venezuela https://www.aporrea.org/tiburon/a349709.html
[2] Ocurrido en el estado Sucre, al oriente del país, en el cuál participaron militares como el capitán de Corbeta Jesús Teodoro Molina Villegas, el mayor Pedro Vargas Castejón y el teniente Héctor Fleming Mendoza, en el cual participaron dirigentes del PCV como Eloy Torres y militantes del MIR (desprendimiento de Acción Democrática). Este levantamiento contra el presidente socialdemócrata Rómulo Betancourt fracasó, con un saldo de unos 400 detenidos, entre civiles y militares.
[3] Escenificada en la Base Naval de Puerto Cabello (centro-occidente del país), liderada por el capitán de navío Manuel Ponte Rodríguez, en alianza con civiles del PCV y el MIR
3 de enero 2026:
catastrófica derrota a la alianza cívico-militar-policial madurista
Luis Bonilla-Molina
En las montañas andinas venezolanas se aprende que la valentía es parca, y que quien mucho alardea, poca cosa termina haciendo. La sabiduría del campo proviene de la conciencia que genera el trabajo, en su dialéctica con la historia y la tradición, la dignidad y la preservación de lo único que se tiene: el territorio común.
Este es un texto que duele escribirlo, tanto como la certeza que cualquier posibilidad renovadora de lo que se llamó revolución bolivariana, ha sido cancelada. De hecho, la tradición militar independentista ha sufrido un revés sin precedentes, de la cual va a resultar difícil recuperarse. Si bien hemos entrado a un momento abiertamente contrarrevolucionario y cipayo, por la orientación que le imprime la jerarquía en el poder, que nadie se equivoque, el antiimperialismo puede ser arrinconado, pero siempre buscará los caminos y senderos por donde florecer con inusitado vigor.
Calladito se ve mejor
El 5 de febrero de 2026 se conocieron las declaraciones del general Vladimir Padrino López, ministro de la defensa de Venezuela, respecto a la agresión imperialista de inicios de enero. Afirma Padrino “Yo vi de primera mano a los pilotos listos, trajeados, para salir al combate. Por supuesto, con la supremacía aérea que había, más de 150 aeronaves en nuestro espacio aéreo, era inviable sacar un avión. Era mandar a la muerte y el suicidio a unos pilotos”. Como si los civiles fuéramos eunucos políticos, el general de cuatro estrellas en el uniforme, pretende justificar el fallo catastrófico e inexplicable, ocurrido la madrugada del 3 de enero.
Durante años Maduro y su eterno ministro de la Defensa alardearon de la adquisición de capacidad técnica militar de última generación, capaz de generar alerta temprana, intervención preventiva, repeler ataques e imponerse, ante cualquier agresión extranjera. Radares, baterías antiaéreas, armas electrónicas y otras tecnologías chinas y rusas eran mostradas, junto a milicianos con indumentaria castrense, como prueba de la capacidad operativa de las fuerzas armadas locales. Sin embargo, la madrugada del 3 de enero de 2026 no solo ocurrió un apagón defensivo, sino que la captura y secuestro del presidente de la República se estaba dando en ese preciso instante en el Fuerte Tiuna, el acantonamiento militar más importante del país, sin la reacción de los cientos de militares que descansaban a solo metros en sus barracas, ni la activación de las baterías antiaéreas. Solo el anillo de seguridad presidencial combatió hasta la muerte, mientras las otras bajas ocurrieron por el ataque norteamericano a los sistemas de defensa por parte de los cazas F-35 y F-22, bombarderos B-1 y una docena de helicópteros del 160th Soar, volando a solo 100 pies de altura.
Independientemente de la supremacía tecnológica norteamericana (a la que alude Padrino), es evidente que ocurrió un fallo estratégico, inacción táctica, carencia de sistema de alerta temprana y un absoluto colapso operacional por parte de las fuerzas militares venezolanas. Todos los objetivos parecían marcados, no disgregados y soterrados como ordenaban las normas elementales de resistencia. El desastroso resultado del lado venezolano no se puede explicar solo por el uso norteamericano de los activos de guerra electrónica, del orden de los EA-18G Growlers y el CyberCom que crearon un corredor aéreo seguro, sino que colocan de relieve la posibilidad de infiltración y complicidad operativa. La traición al más alto nivel siempre ha estado presente en la literatura de Maquiavelo y Sun Tzu, pero necesita de un Fouché para concretarse.
Estos hechos evidencian que el Madurismo no solo fue un improvisado en la economía y la gestión pública, que tomaba decisiones sin la información previa necesaria, sino que esta ignorancia supina afectó todos los campos de gobierno. Como lo ha reconocido la actual presidenta encargada, el desgobierno en su incapacidad técnica operativa, de manera absolutamente irresponsable condujo a la nación a una confrontación con la potencia militar más importante del planeta, no para enfrentarla, sino confiando que los Estados Unidos nunca cruzaría la raya roja; cuando ocurrió la agresión, la combinación de incapacidad y cobardía afloró.
Lo que Padrino López no explica es porque esos aviones no despegaron cuando las alertas (digitales, analógicas y humanas) que habían sido dispuestas previamente, comenzaron a detectar la cercanía de la flota gringa.
Y, si los radares fueron inutilizados, ¿cómo sabía Padrino López que el ataque era efectuado por 150 aeronaves, para a partir de esa información tomar la infeliz medida de no actuar? Pero además, como determina la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, si él era un subalterno de su comandante en jefe, el presidente de la República, ¿con que autonomía de mando decidió no actuar en defensa de su comandante?
De ser válido el planteamiento de Padrino López, las fuerzas patriotas en la independencia no se hubieran enfrentado nunca a tropas profesionales, numéricamente superiores en número y capacidad logística a las de la República. El profesor universitario Roberto López, acaba de publicar una cronología de la historia de las fuerzas militares patriotas[1] que debería leer Padrino López, porque pareciera haber olvidado la épica de nuestros libertadores.
¿Cómo podría algún civil, que concurra a la lucha política con un enemigo de clase, confiar que su espalda está debidamente resguardada por un militar? Padrino López y el alto mando militar venezolano dinamitaron la potencialidad de la alianza cívico-militar como eje de un proceso revolucionario. Reconstruirla requerirá de actos de valor y compromiso que permitan recuperar la confianza.
La confesión pública de Padrino López puede configurar un delito de traición, o por lo menos un acto de cobardía inaceptable, que merecería como mínimo su destitución inmediata y pase a retiro sin honores. Triste papel ante la historia.
Antecedentes de la alianza cívico-militar
La gesta de la independencia nacional del Reino de España fue expresión de una permanente alianza cívico-militar, que incluyó a los blancos criollos, campesinos y comerciantes, esclavos y cimarrones. La alianza cívico-militar fue sellada con la proclama de guerra a muerte de Bolívar (1813) “Españoles y canarios, contad con la muerte, aun siendo indiferentes, si no obráis activamente en obsequio de la libertad a Venezuela. Americanos, contad con la vida, aun cuando seáis culpables”.
Esta unidad cívico-militar tomó diversas formas y connotaciones en distintos momentos históricos de la República, aunque en su mayoría no fuera ideológica sino pragmática, mostrando la necesidad de una articulación entre las armas y las ideas, el mundo castrense y lo civil. La llamada revolución de las reformas (1835-1836), los gobiernos de los hermanos Monagas (1847-1858), la revolución de Marzo (1858), la Revolución Federal de Ezequiel Zamora (1859-1860), la Revolución legalista (1892) y la propia Revolución restauradora (1899) fueron algunos de estos hitos.
En la década de los 50 del siglo XX, como lo menciona el General Visconti (líder del levantamiento militar del 27 de noviembre de 1992), el Partido Comunista de Venezuela (PCV) decide iniciar trabajo clandestino con los militares, lo cual implica una innovación en la táctica de los PC en la región. Este vínculo se expresaría posteriormente en los levantamientos militares conocidos como el Carupanazo[2] (4 de mayo de 1962) y el Porteñazo[3] (2 de junio del mismo año) que, con matices entre ellos, expresaban formas de alianza cívico-militar. Algunos militares se incorporarían luego a la guerrilla de los sesenta, especialmente a las auto denominadas Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN).
Derrotadas las insurrecciones castrenses y la guerrilla comunista (PCV y MIR) de los sesenta del siglo XX, el Partido de la Revolución Venezolana (PRV-FALN) -dirigido por el legendario guerrillero Douglas Bravo- heredó la táctica de trabajo con los militares. Algunos analistas señalan que la relación de Chávez con la izquierda proviene de este periodo, y que los sectores insurreccionales organizados en ARMA de William Izarra y el MBR-200 de Hugo Chávez, fueron el coletazo del trabajo realizado por el PCV y luego por el PRV al interior de las Fuerzas Armadas.
La alianza cívico-militar bajo la conducción de Chávez
Chávez organiza y lidera en la década de los ochenta del siglo XX, el Movimiento Bolivariano Revolucionario 200 (MBR-200), que aludía al bicentenario del natalicio de Simón Bolivar (1783). Los 200 años se cumplen justo cuando eclosiona la crisis del modelo rentista de atesoramiento burgués y de representación política, pero también en el tiempo en el cuál el PRV se auto disuelve, produciéndose un quiebre en la relación cívico-militar de las últimas tres décadas.
El MBR-200 iría adquiriendo a través del tiempo una matriz ideológica ecléctica, que combina nacionalismo con ideas anti partidarias del neoliberalismo en pleno auge, demandas de agenda social ante el cisma del viernes negro de 1983 con planteamientos de capitalismo humano y tercera vía (Giddens). El Caracazo de 1989 hace evidente para los militares que el modelo rentista estaba en crisis y había una oportunidad política, debido al amplio rechazo ciudadano que esta situación estaba generando. Entre 1989-1991 se comienza a gestar la insurgencia castrense, con un enfoque de alianza militar-civil, en la cual los segundos se subordinaban al primero. Esta alianza militar-civil tendría un menguado protagonismo en los sucesos del 4 de febrero y 27 de noviembre de 1992. Sería la situación de cárcel de los militares, quienes habían fracasado en los intentos de golpe de Estado, lo que relanzaría la alianza cívico-militar, haciendo que nuevamente la fuerza de las ideas y la tradición de la corriente histórico-rebelde hegemonizaran el discurso, mientras los militares aportaban la fuerza de la épica y el liderazgo emergido del “por ahora los objetivos propuestos no fueron alcanzados” (Chávez, el 4F).
Sin embargo, la síntesis de esta integración no fue anticapitalista, siquiera socialista, sino reformista, de capitalismo humano, de tercera vía. La Agenda Alternativa Bolivariana (AAB) de 1997 sería el programa de transición de esta alianza cívico-militar, convertido en agenda electoral en 1998. Esta AAB, rupturista con el estatus quo que había gobernado al país desde 1958, no trascendía los límites del capitalismo, pero tenía como progresivo el perfil nacionalista y de reivindicación de la agenda social como prioridad, algo que contravenía el consenso neoliberal.
El triunfo electoral de Chávez (1998), el proceso Constituyente (1999) y la fuerza transformadora de las leyes habilitantes, colocaron en primer plano la unidad entre civiles y militares. El programa insignia con el cual inicia Chávez su gobierno fue el Plan Bolívar 2000, al frente del cuál colocó a militares activos de carrera. Se inicia algo novedoso en la política venezolana, la presencia de militares en cargos históricamente ocupados por civiles, algo que inicialmente se mostraba progresivo, pero que terminó convirtiéndose en hegemónico en los puestos claves de toma de decisión.
Pero el golpe de Estado de 2002, en el cual participó casi toda la alta oficialidad castrense (recordemos que Chávez era solo un teniente coronel y sus superiores no participaron en los eventos de 1992, pero en ese momento desconocen públicamente su liderazgo), replanteó todo el panorama. Como hemos señalado en este golpe de Estado se involucra la patronal empresarial Fedecamaras, la burocrática central sindical de trabajadores, el espectro de instrumentos políticos de la derecha y centroizquierda, así como otras instancias de mediación social. El golpe de Estado fracasa por la amplia movilización popular, que obligó a retornar a Chávez al poder, pero abre una nueva etapa en la cuál el proceso Bolivariano comienza a navegar en dos aguas, por un lado, el proyecto nacional-popular que luego se asumiría como socialismo del siglo XXI, y por el otro, la conformación del proyecto económico de la revolución bolivariana: la constitución de una nueva burguesía. En esta dualidad, comienza la hegemonía de la cultura militar en la forma de mediación de la relación entre gobierno y movimiento social, pero también en el control de los cargos claves para el financiamiento de las iniciativas de poder popular, así como de las dinámicas de atesoramiento de la burguesía.
Los militares: del compromiso social a la cultura neoliberal del emprendimiento
A partir de 2002 se genera un proceso corporativo en la política, en el cuál cada vez más militares ocupan cargos relevantes en la administración pública nacional. Y decimos corporativo, porque esta dinámica no fue similar en el mundo castrense, es decir, los civiles no ocuparon cargos relevantes en la vida militar (con excepciones como la de José Vicente Rangel, ministro de la defensa entre febrero de 2001 y abril de 2002). Esto ocurre con el agravante que los militares ocupan las carteras donde se decide la asignación de dólares (clave en el modelo de atesoramiento rentista burgués), las licencias de importación, la Tesorería Pública, los impuestos de importación, comercio y actividad financiera, los controles bancarios, las superintendencias de seguros, entre otros.
Además, los civiles que impulsan el proyecto nacional-popular dependen de trámites de recursos y presupuestos que están en manos de militares. Paralelo al proceso de atesoramiento de la nueva burguesía, se produce una dinámica de crecimiento de iniciativas comerciales, empresariales y financieras privadas por parte de sectores vinculados al ámbito militar e incluso en algunos casos de manera directa. Se pasa de las prácticas corporativas en la política, a la estructuración del campo militar como parte de la cadena que garantiza el atesoramiento y enriquecimiento de la nueva burguesía. La vida militar se desarrolla de manera más activa fuera de los cuarteles, pero cada vez más con relación al proyecto económico de la nueva burguesía, y menos con el proyecto nacional-popular. La crisis bancaria del 2009 mostraría sin ambigüedades este proceso. No obstante, Chávez se asumía como una especie de bonapartismo sui generis que garantizaba precarios equilibrios entre los dos proyectos paralelos, cada vez más en detrimento de lo popular.
El madurismo y su alianza cívico-militar-policial
Maduro llega al poder sin épica civil (un dirigente sindical que nunca dirigió una huelga emblemática), sin formación técnico-profesional (un pragmático, que aprendía haciendo) y sin reconocimiento en las Fuerzas Armadas Nacionales, porque no había sido integrante de la logia del MBR-200, ni se había ganado el respeto en una actividad de la corporación militar. Por eso, designa durante todo su periodo a un solo ministro de la defensa, Vladimir Padrino López, con quien establece una relación de cohabitación-mando, que suple sus vacíos ante el cuerpo castrense.
Al abandonar Maduro el proyecto nacional-popular, concentrase en consolidar los mecanismos de atesoramiento de la nueva burguesía (2013-2017), procurar y alcanzar un acuerdo con la vieja burguesía (2018-2026) y recomponer la relación con los Estados Unidos (2022 – ), esto implicaba poner en marcha un ajuste económico, una ofensiva sobre los instrumentos políticos, primero de la vieja burguesía (2013-2018), y luego sobre la izquierda política (2018-2026) que había acompañado a la revolución bolivariana desde sus inicios. Esto requería de afinar un aparato policial-militar de contención, represión y cercenamiento de las libertades liberales propias de la democracia. Así surge lo que se ha conocido como la alianza cívico-militar-policial, cuyo emblema es el Helicoide (lugar de encarcelamiento, con denuncias de tortura) y la figura que lo representa es el Ministerio de Interior, Justicia y Paz, actualmente dirigido por Diosdado Cabello, una figura de los levantamientos militares de 1992.
En síntesis, los militares se van transformando en dos décadas, pasando de bastiones de un proyecto de emancipación, al liderazgo de una recomposición burguesa de la cual forman parte estructural. En esas condiciones materiales, éticas y políticas, es que se llega al cerco militar norteamericano sobre el caribe sur, desde agosto de 2025, y el artero ataque a la soberanía nacional ocurrido en enero de 2026.
Del discurso antiimperialista a ser anfitriones del director de la CIA
Marx decía las condiciones materiales de vida determinan la conciencia social. Las infelices declaraciones de Padrino López con las cuales iniciamos este artículo serían inexplicables sin la comprensión de la adscripción de clase que ha tomado el mando militar bolivariano, que, si bien mantiene el discurso nacional-popular, su práctica es esencial para el atesoramiento rentista burgués.
A pesar de que Donald Trump afirmó que el ataque a la soberanía venezolana había sido planificado durante meses por la CIA, quienes además habían coordinado las operaciones en tierra, a solo trece días de esta afrenta contra la soberanía patria, el director de la Central de Inteligencia Americana, John Ratcliffe visitó el país, no solo sin ninguna protesta castrense (vergonzoso) sino que altos oficiales estuvieron en las conversaciones que este funcionario coordinó. Quizá por eso, Vladimir Padrino está cada vez menos presente en los medios de comunicación, y la Junta de administración del protectorado lo excluye de las ruedas de prensa. La burguesía unificada pareciera mandar el mensaje, que el nuevo orden colonial burgués en Venezuela, que pretende imponer la pax de los vencedores, sustenta su poder en las armas norteamericanas, no en las criollas.
[1] La cobardía no había figurado en la historia de Venezuela https://www.aporrea.org/tiburon/a349709.html
[2] Ocurrido en el estado Sucre, al oriente del país, en el cuál participaron militares como el capitán de Corbeta Jesús Teodoro Molina Villegas, el mayor Pedro Vargas Castejón y el teniente Héctor Fleming Mendoza, en el cual participaron dirigentes del PCV como Eloy Torres y militantes del MIR (desprendimiento de Acción Democrática). Este levantamiento contra el presidente socialdemócrata Rómulo Betancourt fracasó, con un saldo de unos 400 detenidos, entre civiles y militares.
[3] Escenificada en la Base Naval de Puerto Cabello (centro-occidente del país), liderada por el capitán de navío Manuel Ponte Rodríguez, en alianza con civiles del PCV y el MIR
