Luis Bonilla-Molina

    La inteligencia emocional es entendida como la posibilidad de enseñar a percibir, procesar, comprender, gestionar, regular y producir respuestas que no estén limitadas a los efectos esperados por los estímulos externos, ni a las respuestas condicionadas por nuestra evolución.

    Es decir, educarnos para controlar nuestras emociones y la interacción con las ajenas, para conducir el pensamiento y propiciar el surgimiento de la conducta adaptativa. Pareciera una dinámica positiva, pero la adaptación no se limita a relaciones bidireccionales o grupales, sino que es un proceso más amplio, mediado por relaciones de poder, resistencias, correlaciones de fuerza y dominación, que dotan de sentido acrítico a la división social en general y sus expresiones en la micropolítica (Foucault).

    Freud en El malestar en la cultura (1930) plantea que ésta -la cultura– impone restricciones a las pulsiones individuales -no individualistas[1]– generando el malestar que le es propio al proceso civilizatorio; en consecuencia, la adaptación genera malestar en el individuo por plegarse a normas sociales que no le son propias. No estamos hablando de instituciones neutras, donde la enseñanza y el aprendizaje estén deslastrados de carga ideológica y de reproducción de la dominación. Precisamente, lo peligroso, es que la adaptación ocurre en sistemas escolares y universitarios funcionales a la lógica del mercado, a los intereses del capital, lo que implica una represión al sentido de lo colectivo, a las relaciones no competitivas, a lo que niegue la clasificación, lo que apuesta por lo común.

     Carl Jung, en La energía psíquica (1928) advierte que una adaptación unilateral, que no sea el resultado de una decisión interna que esté dotada de lo que representa para el individuo la coherencia lógica, puede terminar en neurosis.  Para Jung (1945) la neurosis es un indicativo de la pérdida de equilibrio entre la vida consciente y las exigencias del inconsciente. De manera irresponsable, este proceso de adaptación se convierte en contenido curricular a ser administrado como simple técnica, lo cual puede devenir en problemas de conducta posteriores. En consecuencia, el conflicto desadaptativo (neurótico) para Jung es un llamado a restablecer el equilibrio entre el consciente y el subconsciente, pero eso implica un quiebre del propio molde adaptativo. No somos máquinas que responden de manera parecida a mejoras de partes o componentes, sino seres humanos singulares que construimos nuestros propios arquetipos de sociabilidad.

    Mientras que Lacan, en El estudio del espejo como formador de la función del yo (1940) cuestiona la adaptación como intento de normalización, mediante una imagen de comportamiento idealizada que se convierte en una forma de alienación, no de construcción del sujeto autónomo, libre y responsable.

    Es decir, para Freud la adaptación tiene que ser un compromiso asumido de manera consciente entre las pulsiones y la realidad, no el resultado de una manipulación externa, mientras que para Jung la real adaptación es aquella que siendo singular, logra un equilibrio entre lo externo y lo externo para evitar la neurosis, y finalmente, para Lacan toda adaptación dirigida desde afuera es una normalización que se convierte en alienación del ser.    

    Preocupa que muchos de los propagandistas de la inteligencia emocional, que incitan a la intervención en el aula en forma de tecnología conductual, no sean siquiera pedagogos ni sicólogos, así como el hecho que a los docentes se les forme para aplicar meras técnicas, desconociendo las complejidades del asunto y las posibles consecuencias de una inadecuada aplicación de las mismas.  

    Precisemos. El término inteligencia emocional es introducido en la literatura académica en 1964 por Michael Beldoch, en el contexto de impulso de la tercera revolución industrial y las demandas que ello implica para los sistemas educativos[2]. Luego sería retomado por Peter Salovey y John Mayor (1990). Es entonces, cuando el periodista y sicólogo Daniel Goleman tomo el tema y lo popularizó.

    Para Goleman (1996) la inteligencia emocional tiene cinco dimensiones clave:

    1. Autoconciencia emocional: conocer y comprender las propias emociones. La pregunta es a que edad se tiene conciencia de ello, es decir, en que momento se debe introducir en la educación,
    • Autoregulación interna: controlar las emociones impulsivas y adaptarse a los cambios. El sentido de justicia social corre el riesgo de diluirse en este llamado a la aceptación del cambio, sobre todo en una época de retrocesos en las agendas sociales,
    • Motivación interna: canalizar las emociones hacia metas y objetivos personales, abonando al individualismo y la ruptura del tejido social solidario,
    • Empatía: que es comprender las emociones de los demás, es decir, aprender a convivir entre ellas, pasando por un lado sin comprometerse, porque los propósitos personales son superiores,
    • Habilidades sociales: aprender a sostener relaciones interpersonales que tributen al proyecto propio, no que resten energía. El enfrentamiento a las desigualdades sociales es un desenfoque de la superación personal para el propio ascenso social.

    La teoría de la adaptación de las funciones ejecutoras

    El proceso de enseñar a adaptarse -inteligencia emocional- ha desarrollado el término funciones ejecutoras o funciones ejecutivas, que son los procesos de control cognitivo que se trabajan en las aulas desde el preescolar. Con la educación emocional se procura que los niños -jóvenes y adultos también- aprendan a reconocer, comprender y regular sus emociones -sin aclarar el impacto en los equilibrios del consciente con el subconsciente- con el propósito de mejorar su comportamiento social y habilidades de aprendizaje. Para ello, se trabajan algunas funciones ejecutoras claves en el preescolar:

    1. Memoria de trabajo: que se refiere a mantener información en la mente mientras se ejecuta una tarea. Por ejemplo, respirar profundo hasta calmarte, si te sientes enojado porque te están haciendo un comentario racista, o mientras guardas silencio ante un comentario incorrecto del jefe, para no correr el riesgo de perder el empleo.
    • Control inhibitorio: entendido como la capacidad de reprimir impulsos y comportamientos automáticos. Pensar antes de hablar, aprender que hay temas que si los planteas tendrán consecuencias y al final, quizá sea mejor pensarlo, pero no decirlo, hasta terminar aceptando lo que se consideraba inicialmente como errado. Al final, el control inhibitorio termina siendo un mecanismo de psicopolítica (Chul-Han, 2021) para la autogestión de la dominación y la opresión.
    • Flexibilidad cognitiva: referido a aprender a ver y valorar diferentes perspectivas. Eso va desde cómo se actúa ante situaciones de caos, donde los sentimientos de otros no son los propios, hasta la aceptación de las jerarquías sociales como algo que escapa a las posibilidades personales de transformación. Así, la adaptación actúa como dispositivo para el mantenimiento del estatus quo.

    Una forma de introducir en preescolar la educación emocional es con la perspectiva lúdica. Juegos como las estatuas, facilitan la adaptación, desde el condicionamiento aprendido de respuestas a estímulos-respuestas.

    En prescolar las reformas asociadas contemplan: a) desarrollo socioemocional (identificación de emociones, auto regulación), b) evaluación de competencias emocionales en el currículo, c) formación de los docentes para la aplicación de técnicas y estrategias de educación emocional en las aulas.

     En primaria se a) introducen materias o ejes transversales de educación emocional, b) fomenta la empatía y la convivencia constructiva, c) implementan protocolos contra el acoso escolar a partir de habilidades emocionales.

    En secundaria, se a) promueven programas de tutoría y orientación para el manejo emocional de la toma de decisiones, b) se organizan proyectos de inteligencia interpersonal y pertenencia (hace recordar la llamada política del hielo contra los rebeldes en las empresas y lugares de trabajo), c) se forma a los docentes en la mediación de conflictos, basada su solución en la educación emocional, no en las causas sociales de los mismos.

    En las universidades, se a) incorporan las competencias socio emocionales como parte de las habilidades educativas del siglo XXI, b) trabaja en programas de salud mental (todo conflicto es por causas emocionales), programas de resilencia (resistir ante las adversidades, no transformarlas) y mindfulness (vivir en el presente, lo importante es hoy, “como vayamos viniendo vamos viendo”), y c) complementa la inteligencia emocional como parte de la formación profesional.

    En todos los niveles del sistema educativo a esto se les llama habilidades blandas o soft skills, como sugerencia de la OCDE, UNESCO, Banco Mundial y muy especialmente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID).

    Pedagogía crítica en educación inicial

    Finalmente, queremos advertir sobre la necesidad de producir más teoría crítica sobre la inteligencia emocional, especialmente en los primeros niveles del sistema educativo. No es posible que muchas de las operaciones de construcción del régimen predictivo en el capitalismo cognitivo ocurran, no solo con tan pocas resistencias de parte de gremios, sindicatos, académicos y luchadores sociales, sino otras veces con su aval.


    [1] Inserción mía

    [2] Ver “Bonilla-Molina, Goes, Menezes y Gomes. (2025) La internacionalización universitaria en la historia de Latinoamérica y el Caribe. Ediciones UFS. Brasil