La sensación de no terminar de encajar en lugar alguno me había perseguido desde la niñez, no como tragedia ni oda a la arrogancia, sino por despiste continuado, como si algún conocimiento me fuera negado o no tuviera la habilidad para hallar la clave oculta que otros encuentran con facilidad. A eso atribuyo mi obsesión por diseccionar lo educativo, por entender las hilachas de lo político o recorrer los senderos oscuros de los sentimientos … a una insoslayable necesidad de ubicarme.

¿Eso me hace diferente? No lo creo. En todo caso ser extraño no es tan malo. Uno se acostumbra a percibir una especie de bruma alrededor, un vaho que nadie quiere disipar para no horadar la semilla que oculta anhelos, los límites que se han transgredido.

Hace tres décadas comencé a partir de mi pueblo, por partes, a ratos, casi sin darme cuenta, como si no quisiera molestar a nadie o esperara que alguien me detuviera, impidiera el desarraigo que acompaña al destierro. Lo cierto es que todos se acostumbraron a la idea que partía, incluso con cierta alegría, esa que acompaña la anticipada satisfacción por la utopía ajena rota.

Y un día me fui pensando en la posibilidad del regreso, mirando a ratos el camino que quedaba atrás, como quien quiere recordar la ruta del retorno. En el ayer quedaba la infancia y la adolescencia, la temprana adultez y las responsabilidades que se presumían eternas.

De repente todo cambió, se abrieron puertas, desde las ventanas se saludaba al extraño, se daba la bienvenida. El territorio del exilio se convirtió en cálido recinto que encendió las señales para llegar a metas anheladas, pero que parecían imposibles de alcanzar. Insospechados encuentros fueron tejiendo la reconstrucción del adentro, aunque el exterior parecía inmutable.

Justo cuando todo al interior estaba en calma, se desató en el exterior la peor tormenta conocida. Huracanes, torrenciales lluvias, periodos de sequía y heladas devastaron todo lo conocido. Con mi interior reconstruido y en calma tuve que volver a partir, esta vez para sobrevivir, pero nuevamente era como si todos esperaran la partida, el nuevo destierro. Pero ahora las canas, arrugas y achaques de la edad se convertían en los callos que molestaban al trajinar.

Volví a mirar el camino que dejaba atrás, pero esta vez esperando que alguien me detuviera, mostrándome que había oasis en los cuales podía habitar, lugares que no habían sido devastados. Pensé … quizá otros quieren acompañarme esta vez, pero esos andariegos posibles esperaban a que yo les dejara un hilo a través del cual pudieran alcanzarme, si encontraba un buen lugar. Ahora la sensación de no pertenecer dejaba de doler, por el contrario, generaba alegría, era como si de repente se constituyera en identidad.

 Entendí que hay quienes no pertenecemos a lugar alguno, no por desarraigo, sino porque estamos hechos de pedazos, de fragmentos de muchos territorios. Asumí que esa sensación de exilio permanente irremediablemente va acompañada de nostalgia. Y entonces los recuerdos asumen que hay momentos que no volverán a ser, encuentros que no se repetirán, y la memoria deja de doler y se convierte en caleidoscopio de alegrías vividas.

Aprendí que somos muchos los desterrados y que el destierro tiene rostro humano con manos de alfarero.